DIARIO DE VIAJE,  DIARIO DE VIAJE AL PERÚ

Diario de un viaje a Perú. Capitulo 2

Descubriendo el desierto de Ica.

El despertador volvió a sonar temprano, creo que es el viaje en el que más hemos madrugado cada uno de los días. Recogimos nuestras cosas y bajamos a desayunar de nuevo al hotel, pero esta vez cambié los huevos por el aguacate, y si el día anterior el desayuno había sido de 10, esta vez era de !11! Todo lo que comía allí me sabía a gloria, aunque bueno es cierto que no había cenado ninguna de las dos noches anteriores. Así que si vais alguno por allí me contáis si era el hambre o si realmente estaba rico.

Recogimos nuestras cosas, hicimos el check-out y tomamos un Uber. Nuestro destino era la estación de autobús Cruz del Sur Javier Prado, introdujimos la dirección de la estación que aparecía en todas partes y después de un trayecto de unos 10 minutos nuestro Uber nos paró en una estación de Metropolitano a unos 20 minutos andando de la estación de Cruz del Sur y nos dice «chicos habéis llegado» a lo que contestamos «vale señor, siga usted un par de kilometros que la estación Cruz del Sur está más para adelante. El chico nos miró raro y no muy convencido pero terminó cediendo cuando le enseñé el google maps.

Estación Cruz del Sur

Una vez allí la verdad que todo me parecía extraordinario, no había visto nunca una estación de autobús con tanta seguridad, facturación de maletas o puertas de embarque. Nos sorprendió muchísimo el control que tenían sobre las rutas en bus. ¡Habíamos acertado cogiendo este medio de transporte!

El trayecto duró unas 4 horas hasta la ciudad de Ica cruzando la carretera Panamericana, con un paisaje desértico tirando a rojizo. Una especie de nube de polvo planeaba por encima de los cerros, y las casa fabricadas con chapa y ladrillos aparecían salpicadas por el paisaje. Había algo que me inquietaba al estar cruzando esa carretera. Hay viajeros a los que admiro que pasan años de su vida cruzando la Panamericana desde Ushuaia hasta Alaska y yo estaba cruzando esa misma carretera, parece una tontería pero el estar ahí y pensando eso hacían que los vellos se me pusieran de punta. Un sueño para algunos que yo estaba rozando con los dedos.

Carretera Panamericana

Tras 4 horas y algunos minutos llegamos a la estación de la ciudad de Ica, y tomamos un taxi que nos llevó directos al oasis de Huacachina en unos 10 minutos.

Habíamos ido hasta allí para descubrir un paisaje más del Perú (de todos los que tiene), el desierto.

El taxi nos dejó en el hotel, el Banana’s Adventure Hostel, hicimos el check-in y nos fuimos en busca de un tour que nos llevara al día siguiente a Paracas.

El oasis estaba plagado de gente, algunos tomaban el sol entre palmeras, otros «navegaban» por el lago. El calor era horrible, habíamos pasado del frio de Lima en el que necesitábamos un abrigo al calor horrible del desierto. El lugar era pequeño, alrededor del lago no había mas que un par de calles en cada dirección. Calles llenas de bares, de oficinitas donde vendían tours para los areneros del desierto, tienda de complementos y puestos ambulantes. El turismo había llegado a Ica, habían sabido sacarle partido a ese Oasis que ya es casi parada obligada para todo aquel que viaja a Perú, y que hace de parada intermedia para el que vaya de Lima a Arequipa o a Nazca. Porque toda la fama que habían ganado años atrás las lineas Nazca ahora se la tenía que repartir con este Oasis.

Encontramos un pequeño local donde cogimos el tour para el día siguiente y volvimos a nuestro hotel para comer. El restaurante del hotel era super cuqui, lleno de mesitas de madera con sillas, sofalitos con mesitas bajas para tomar algo o tumbonas. En el centro una barra redonda junto a la piscina presidía la planta baja del hotel. Comimos de maravilla, hicimos muy buenas migas con el camarero y el ambiente era estupendo.

Una vez con el estomago lleno y antes de que empezara nuestro tour de buggys, intentamos subir a las dunas, y digo intentamos porque nos quedamos en el primer montículo desde el que se veía el oasis al completo. Yo que soñaba con subir a lo mas alto y ver el oasis chiquitito, se iba a quedar en eso en un sueño, porque la vida real es otra y eso era duro de cojones. ¿¡Como sube la gente hasta tan arriba!? ¡si es imposible!. Aunque más entrados en el viaje nos daríamos cuenta de que no era tan imposible y que íbamos a hacer cosas mas duras. Pero en ese momento ese esfuerzo de más era suprimible, ya veía yo el oasis bien desde donde estábamos, tampoco era necesario verlo chiquitito.

Lo más lejos que estuvimos

Llegó la hora del paseo en buggy para ver el atardecer en el desierto. Nos montamos y yo estaba cagada, en serio, nerviosa como si no hubiera un mañana. El buggy arrancó y ese hombre conducía como si estuviera en una persecución policial ¡baja la velocidad! pero llegó un momento en el que pensé, Ana, no te va a pasar nada, disfruta. Y los nervios se fueron, la mente se liberó y empecé a disfrutar de esa sensación de libertad y adrenalina, los pelos que se escapaban del coletero se me metían por la cara y el pañuelo de la boca se caía, con lo cual me comí toda la arena del desierto, pero poco me importaba, esa sensación no la había tenido nunca antes y estaba super emocionada. El arenero subía y bajaba las dunas como si en un hoyo sin fin nos estuviéramos metiendo, el vehículo se ponía casi en vertical y ahí sí sentía el pánico en su máximo esplendor, pero era sentirlo caer y las cosquillas del estomago eran indescriptible.

Nuestro buggy en el desierto

El buggy paró y el loco conductor empezó a sacar tablas de sandboard de la parte trasera. Yo veía la duna que teníamos justo delante y mi primera reacción fue, yo por ahí no me tiro. Si, hay que reconocerlo, soy la mas cagueta del mundo. Pero después pensé «o la bajas en la tabla, o la vas a tener que bajar andando» así que bueno, espere hasta ser la última y ahí que fui, sentada en mi tabla a mil kilometros por hora bajando por esa duna infinita y… ¡me gusto! ¡me encantó! Hicimos dos dunas más y yo estaba flipando.

Nos adentramos en el desierto, un desierto inmenso desde el que a un lado se divisaba la ciudad y al otro nada, absolutamente nada, solo dunas y un sol bajando por el horizonte. Era la hora, la puesta de sol del desierto, algo que nunca jamas habíamos visto, mas que nada porque era nuestro primer desierto. Bajamos del arenero y yo me quedé prendada con esa puesta de sol, el calor empezaba a bajar y comenzaba a hacer rasca. Al otro lado el resto del grupo se preparaba para tirarse por una duna enorme, de la que por ahí si que decidimos no tirarnos, nosotros éramos más de puestas de sol y esta no nos la íbamos a perder, y por qué no decirlo, esa duna si daba mucho miedo, lo que no sabíamos era que la íbamos a tener que bajar en el buggy y creo que eso dio más miedo todavía.

Increíble puesta de sol
Anochece en el desierto

El vehículo se puso totalmente en vertical, y ahí que fuimos, pero como el conductor estaba muy loco decidió bajarla un par de veces más. Deshicimos el camino que habíamos hecho para volver al oasis, estaba oscureciendo, y el conductor iba a toda leche. De repente el buggy comenzó a parar, el neumático se había salido. Estábamos en mitad del desierto, solos, sin cobertura movil y la noche estaba cayendo, ¡vamos un cuadro!. Después de 10 minutos intentando algo para no tener que pasar la noche allí llegó nuestra salvación, yo estaba muerta de frio y me veía pasando la noche allí. Como ya habréis notado, soy algo trágica.

Apareció un compañero en buggy con dos plazas libre, ¡dos! pues sin dejar que los demás hablaran nos asignaron a nosotros ese arenero para volver, y al fin llegamos al oasis, de noche cerrada.

Terminando el recorrido en arenero

Nos pegamos una buena ducha ya que llevábamos arena hasta en los párpados y como allí había poco más que hacer siendo de noche, bajamos al bar del hotel. Tenía un ambientazo increíble, nos sentamos en la barra circular a tomarnos algo y entablamos conversación con unos españoles que al igual que nosotros estaban de viaje por el Perú. No se a vosotros, pero a mi me encanta allá donde voy encontrarme españoles con los que compartes anécdotas del viaje, te echas unas risas y por un momento se convierten en tus amigos.

Nos tomamos unas cervezas, comimos algo y charlamos mucho y se nos hizo la hora de irnos a dormir. Nos despedimos de nuestros colegas esperando que algún día pudiéramos coincidir en cualquier otra parte del mundo, aunque tampoco los tenemos muy lejos.

El estomago me dio un vuelco, literal, tanto movimiento en el buggy había hecho que el estomago se mareara y no supiera ni donde estaba, ya os podéis imaginar las consecuencias ¿no? Bah mejor no os lo cuento, por si alguien acaba de terminar de comer.

Cuando mejoré nos fuimos a la cama, al día siguiente nos recogían a las 7 para irnos a Paracas así que el despertador sonaría a las 6.

Tocaríamos el Oceano Pacífico, veríamos muchos animalillos, nos contarían historias de Piratas y comeríamos en un lugar idílico a precio de oro, pero eso será en el siguiente capítulo.

Continuará….

Este post está realizado para entretener durante la cuarentena causada por el Covid-19, si realmente estas buscando información sobre Perú te recomiendo que leas nuestra «Ruta por Perú en 15 días» o «Presupuesto para viajar a Perú en 15 días«

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